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Espejo retrovisor: Yan Giroux debuta en cine con Yves Boisvert como inspiración

mayo 7, 2021

Leopoldo Villarello Cervantes.-

En los créditos finales de À tous ceux qui ne me lisent pas (A todos aquellos que no me leen, 2019) se coloca un texto en confirmación de que la película está libremente inspirada en la vida del poeta quebequense Yves Boisvert (1950-2012), de quien en México sólo hay impreso un libro en español, editado por la UNAM, Aficionados a los sentimientos.

 

Boisvert es el sujeto central de este primer largometraje de Yan Giroux. El director y coguionista nos instala en unos de los tiempos duros de Boisvert ya en su madurez, empeñado en (sobre)vivir exclusivamente de su fase poeta; posibilita al espectador medio, fuera de la esfera canadiense o francófona, a saber de su existencia, escuchar algo de sus poemas, introducirnos en su estilo de vida bohemio, su inmersión para escribir, las presentaciones en un bar en Montreal donde poetas jóvenes o no tan conocidos suben al escenario a soltar sus frases, actuar sus versos, expresarse ligeros, con desenvoltura o apasionamientos.

 

Martin Dubreuil se mete en la piel de Boisvert pegado al micrófono con gravedad de trovador, acudiendo a presentar su libro ante un público más interesado en tomos gastronómicos de moda que en bienaventuranzas descendientes de los Beats. Giroux palmea los arrebatos de Boisvert, sus mudanzas con quien le dé asilo o no le hayan recibido antes. Lo liga a un noble editor independiente en las últimas, en estos tiempos donde las gigantescas empresas se comen a los pececitos sueltos.

 

Vamos con el bardo de fines del siglo XX en su deambular, al rozar el vagabundeo, entrando a recepciones para beber copas gratis, utilizando herramientas verbales para ganarse una admiradora, un colchón para reposar. Al cuidado de sus pliegos como equipaje y sentido a su despertar; con escenas graciosas como al olerlos tras fungir de butaca de un gato.

 

Giroux pinta al poeta con amigos suficientes, y las invariables insinuaciones de ganarse un salario con un trabajo “normal”, más su fehaciente negativa. Secuencias vistosas vendrán al consentir laborar en un empresa de subtitulaje, donde la visión del chef escritor lo persigue, o propenda textos absurdos a una cinta pornográfica; y escapar antes de caer como la escritora de breve fama, encerrada ahí.

 

El guión se decanta a mirarlo en otras fases: ganarse una novia, ‘Dyane’ (Céline Bonnier) a poses caballerescas, e indirectamente influir al adolescente hijo de ella, ‘Marc’ (Henri Richer-Picard). Y, en el conato, asistir a una cena entre parejas –entre las secuencias sobresalientes-, donde sale a relucir su yo nihilista, anti artístico, casi abusivo en sus apotegmas contra tener niños, o la posibilidad de que una mujer tenga dotes de pintora, con todo y haber sido bien atendido y entendido.

 

Aflora lo auto destructivo de Boisvert, sus conflictos para compaginar más con mujeres de buena coraza y quienes le toleran; la innecesaria recaída en la bebida y la aventura de una noche, la caída en desgracia. Su fuga hacia la soledad y fuera del afecto. La rotación para el evento de ese cierre marginal.

 

A todos aquellos…, se conmuta en la creación de un libro (Les chaouins, 1997) y su cuidada y preciosa edición, gracias a la indispensable mano femenina de ‘Dyane’; recuento de vivencias del poeta, “pequeñas historias de desheredados”, combinación de texto e imágenes, lo cual complicó lo publicara el viejo camarada librero.

 

El director reproduce con puntualidad la ambientación en los bares, los estados anímicos de los deseosos artistas por enseñar su obra, exponerlas con vehemencia y arrebatos. O el club de lectura de señoras, ensoñadas porque el poeta las escuche y esté unos minutos con ellas, y el extra de la despedida no gratuita. Y aprueba la tarea visual de ‘Marc’, la refutación ante el profesor, en parte extraída de las vivencias del adolescente con ‘Boisvert’, el excéntrico amigo de su mamá.

 

A todos aquellos que no me han leido abona en las horas y lugares donde la inspiración agarrara al poeta, en su necedad de consagrarse a la escritura, refrendada en el diálogo cuando le preguntan “¿y en qué trabaja…?

 

Giroux pulsa la debida justicia a Boisvert y su poesía resonante, conforma una “oda visual” afín y el sustancial aporte de Dyane y Marc.

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