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Espejo retrovisor: Un definitivo Rey de corazones Cult Movie

abril 10, 2021

Leopoldo Villarello Cervantes | @filmeweb

En este año y fracción de la pandemia, he ido aprendiendo, como numerosas personas, a ver más películas en el hogar que en los cines, en pantalla grande. Si ya en años previos mi consumo de producciones francesas era elevado, superior a las estadounidenses y las mexicanas, en este período lo he incrementado, más después de haber descubierto la página Tv5mondeplus, una extensión del canal TV5Monde donde tengo a la mano películas para diario, y si viera todas las series, documentales y programas, no haría nada más.

 

Así, he podido ver, por ejemplo, el corpus de los hermanos Podalydes, a quienes conocía más como actores, o en semanas recientes tres del suizo Alain Tanner, las cuales no había vuelto a ver desde hace décadas (Charles, vivo o muerto; Le retour d’Afrique; En la ciudad blanca).

 

Anteayer me puse a revisar si había novedades o habían quitado alguna de las pendientes, y al moverle me encontré con Le roi de coeur (1966). Azorado, abrí la información para confirmar se trataba de una de super culto, lo tenía en la mente, conocida por su título en inglés King of Hearts, y sí, sí era. Emocionado, de Inmediato me dispuse a verla. Supe de ella hacia el 1983 cuando compré (en una librería ubicada en Gutenberg y Ejército Nacional) y leí Cult Movies, escrito por Danny Peary. De ahí me propuse ver las 100  películas de ese listado; para entonces había visto tal vez unas cuarenta o cincuenta de ellas; con los años, el video, Internet y los DVD, solo me restaba por ver esta (en cines no la exhiben, en dvd original mexicano o estadounidense no la había). Aparte, hay una, Where’s poppa, que pude ver solo una vez, hace mucho, y no la tengo en DVD.

 

Debo anotar que, aún en pantalla pequeña, he disfrutado enormemente ver esta Rey de corazones, dirigida por Philippe De Broca (1933-2004), cuya popularidad devino por las cintas realizadas con Jean-Paul Belmondo (El hombre de Río; El magnífico; Cartouche), previas a Le roi de coeur y fue conocido más por comedias y cintas románticas. Entre sus treinta y cinco largometrajes, sin titubear yo colocaría esta como su obra más sobresaliente y por la cual tendría merecido su escalón en la Historia cinematográfica.

 

Filme impar, deslumbrante desde la apertura hasta la frase de cierre (los más bellos viajes son a través de la ventana), y la caricatura del recluta Adolf Hitler (actuado por De Broca en un cameo), a estar filmada en sitios en ruinas acorde a la época, a las moralejas imbricadas en los días finales de la Gran Guerra, la fuga y retorno de los habitantes, la representación de cada uno de los personajes locos; la fábula contenida

 

Con guion de Daniel Boulanger a partir de una idea de Maurice Bessy, es una película antibélica rotunda, surrealista, mordaz, libertaria, acerca de la felicidad en/de la locura, de lo nocivo y absurdos de la guerra, los fusilamientos en caliente, las culpabilizaciones, condecoraciones; que con frecuencia es preferible vivir encerrado entre esa bondadosas gente enferma a los horrores del exterior.

 

Rodada y situada en un pueblo del norte de Francia, sucede en 1918, cuando los aliados dominaban a los alemanes y los expulsaban de esa región. Un regimiento escocés –muy a propósito por las faldas y ademanes, liderado por ‘Adolfo Celli’- a punto de ocuparlo y unos teutones apurados por escapar, clavando unas bombas para demoler a sus contrincantes cuando arriben. Ambas tropas y países miradas con sarcasmo en sus modos de pensar y peculiaridades.

 

Alan Bates en su papel del soldado ‘Charles Plumpick’, se establece perfecto de inocente especialista en “comunicaciones”, controlar palomas mensajeras, propulsado a la misión de desconectar la bomba y descifrar un mensaje.

 

Perseguido por los germanos, ‘Plumpick’ caerá en un asilo de enfermos mentales, olvidados por los habitantes del pueblo al correr, y al salir, por descuido en sus prisas, dejará las rejas abiertas.

 

De Broca plasma el maravilloso mundo fundado en pocas horas por esos locos, la recreación de un espectáculo vistoso, imbuido de lo circense, de un carnaval, donde la música y los animales adornan, acompasan, en conjunto a la medida; resquicios del pasado aristocrático, las glorias del fin de siglo XIX; el despertar de estos hombres y mujeres ante las ropas, accesorios, decorados, maquillajes, encontrados.

 

La instauración en sus mentes de salones y mansiones, los diálogos arrablados en lo teatral y la verosimilitud absoluta. La iglesia medieval asumida de espacio para la coronación del rey que les faltaba; los coros, el descubrimiento de la pieza faltante, niña-mujer, virgen y pura (una juvenil Geneviève Bujold), su cruce por alambre (en el plano lejano, es reconocible, el doble).

 

Con un cuadro de personajes representados por actores prestigiados, Jean-Claude Bialy, Michel Serrault, Micheline Presle, Pierre Brasseur, el pueblo revivirá, Plumpick se desmayará y despertará a tiempo de esa representación para cumplir su papel de salvador. La clave le llega donde menos se lo imagina, y el recurso último para evitar el golpe tiene ligas con Harold Lloyd o Buster Keaton.

 

El humor sobrevuela lo anárquico y surrealista, asociaciones a la comedia silente de entonces (1910-1920), entroncado a los hermanos Marx (Groucho, Chico, Harpo), y el disloque planificado con planos generales, alrededor de la plaza central, cuando unas tropas llegan y otras se van, sin que ninguno se den cuenta y se topen, y una flor rompa el encanto.

 

La secuencia donde Plumpick planea sacarlos del pueblo, guarda ligas a El ángel exterminador y la imposibilidad de abandonar un lugar. Pero aquí son ellos mismos, quienes deciden no cruzar esa barrera inexistente, son conscientes de dónde están las fronteras, de que fuera de ese espacio no sobrevivirían, pero no significa no existan.

 

Rey de corazones es un filme de otros tiempos, con reverberaciones y reflujos a la distancia y los seis decenios de su realización, acerca de personas sencillas y nobles, “la magia de estar vivo”, disfrutar cada instante o los que nos aparecen, escoger a dónde irse o quedarse, y un lugar especial.

 

Una cult movie en todos conceptos y conjunción: la música y su utilización, el diseño de la producción, el contexto, la ponderación del tiempo,  las actuaciones, diálogos, imágenes antológicas e hilarantes (del camello y el oso a la escena final; de los vehículos en persecución en la plaza, a la coronación; de la danza escocesa a Plumpick desnudo ante el portón del asilo…).

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