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Espejo retrovisor: Roy Halston visto por Daniel Minahan en Halston

mayo 23, 2021

Leopoldo Villarello Cervantes | @filmeweb

La mini serie Halston (2021, dirigida por Daniel Minahan) retrata y refracta unas épocas mediante la biografía del célebre diseñador de moda estadounidense Roy Halston (1932-1990), cuya fama se cimentó cuando Jaqueline Kennedy portó un sombrero creado por él en la ceremonia de toma de posesión de John F. Kennedy.

 

En cinco episodios y cuatro horas de duración, adaptando el libro Simply Halston (2012) escrito por Steve Gaines, se narra el ascenso y estrepitosa caída de este diseñador, un ejemplo más del sistema estadounidense, donde muchas personas escalan a las alturas con esfuerzo y talento, sin haberse formado ni nacido en los círculos pudientes o entre las familias aristocráticas del país norteamericano.

 

Narrado de manera cronológica con breves y útiles secuencias retrospectivas a la infancia de Halston en Iowa y un puntual prólogo donde se identifica cómo ya en esos años germinales y un tanto auspiciado por su madre, el niño generaba sus dotes artísticas con los objetos a la mano; los fantasmas paternos que le sacudirían y marcarían de por vida.

 

Con pautas del subgénero del Biopic clásico hollywoodiano y nexos fundados en las producciones donde se mueve Ryan Murphy, se remonta a inicios de la década del 1960, a las mudanzas constantes y bullidas del las vestimentas en los días del Peace and Love, en la entrada en escena de diseñadores de ropa en Estados Unidos; los contrastes con los dictados de la moda antaño supeditados a Francia y Europa (con el capítulo enfocado a esa batalla de punta de lanza); el crecimiento y la bonanza de nombres y marcas de ropa nacidas en Nueva York.

 

Reconocimiento y recordatorio de quién fue Halston, su relevancia en las tendencias de la moda en los decenios 1970-1980 sobre todo, y entrecruzado la noción del capitalismo en plena cacería, de tiburones ávidos por apoderarse de cualquier industria y empresario, tragarse fundadores y creadores, valiéndoles un rábano llevárselos entre las patas, desecharlos.

 

En estilo adyacente a un cine contemporáneo producido por Estudios (un par de ejemplos, el relato del origen de Ralph Lauren, o la compra de cocaína por la secretaria), se avanza del descalabro inicial a los afanes para erigir su compañía, con clichés bien acomodados, la mecenas esposa de multimillonario, las precariedades, los accidentes y descubrimientos de telas, colores, bocetos; el afianzamiento  y “boom”, la salvación de mano de Babe Paley.

 

La fotografía y dirección artística embonan privilegiadamente para replicar zonas y etapas, lugares (de las oficinas neoyorquinas al museo del Louvre y el desfile de modas en París, los cuadros de Warhol), a exhumar modelos y ropas, y al ballet. Un vertiginoso y dinámico segmento se hilvana en las horas y noches orgiásticas del Studio 54, algunos de los famosos frecuentes (curiosamente, no se cita o ve a Truman Capote, apenas se menciona a Andy), el vicio excesivo de Halston, sus días de gloria a ritmo Disco, con los fans en la entrada; la tragedia rehecha de la muerte en el ducto, con el gag de lo peor que podía sucederle al diseñador.

 

En una miniserie hay cabida para ampliar tramas secundarias, como la del gigoló Victor Hugo (y el chiste sobre el escritor), el primer amante –éste de raza negra, aquél, latino-;  consumar historias, la de Elsa Peretti, su musa primera, futura diseñadora de joyas. Ahondar en su drama del pasado, derivado en psicoanálisis de la búsqueda de los ingredientes para su perfume. Resalta el fragmento del hallazgo de una pieza para collar y su desarrollo de complemento de vestuario y a frasco de perfume.

 

Indefectiblemente se ilustra el egocentrismo, la faceta negativa, ataques de irritabilidad, el despotismo (en niveles crecientes) la manera como corría a sus allegados, y en las últimas hasta a sus compañeros de viaje; sus miedos y angustias, ejemplificado antes de la gala parisina, y su necesidad de soporte, explotado por el inversionista. Y desde escenas primeras, el papel superlativo de Liza Minelli para su carrera, con puntos distinguidos en los números músicales (de una novel Liza en un local de Manhattan al lucimiento en Francia). (Más otras mujeres, indispensables para su alza y supervivencia, como Eleanor Lambert, y en sus días postreros Martha Graham).

 

De una pequeña nota en un periódico anunciando muertes por un virus, se suelta el antecedente para relatar el advenimiento del SIDA. Una escena en un  consultorio médico es suficiente para exhibir sufrimientos y dramas en rostros, y cuerpos. O el orgullo y excesos de Víctor Hugo cuando le piden apunte con quién ha tenido sexo.

 

El tema del apoderamiento de la marca y la empresa implica, a su vez, la tardía comprensión de Halston de su fragilidad, mental, financiera; anudado al abuso de su ‘protector’, más preocupado por la adquisición de un yate; y la diferencia entre un administrador impuesto por los accionistas y el descontrol de Halston, sus abusos con drogas, la displicencia y creencia de vivir sinfin en el frenesí, el descontrol.

 

Halston es un Biopic de un artista y unos tiempos fuera de sí. La dramatización con tranquilo corolario de un diseñador cuya existencia era –¿es?- posible en un país como Estados Unidos. La reproducción habilitada para la pantalla de la cadencia, las gamas de colores y sentidos de la desmesura de un individuo instigado por el rechazo y la mancha del fracaso. Su rehabilitación, como artista y persona, el sustento de un seguidor.

 

Ewan McGregor caracteriza con prestancia a Halston (y no puedo evitar pensar en Bernard Giraudeau para el papel), en modales, arreglos, amaneramientos, enfurecimientos. Bill Pullman ajusta de manipulador inversionista y controlador. Krysta Rodriguez moldea una creible Liza, asustada por repetir lo de su madre; Rebecca Dayan gana en cada capítulo personificando a Elsa Peretti. David Pittu fusiona en su personaje de Joe Eula, al amigo aguantador.

 

Además de la calidad visual, la ambientación pródiga, el cuidado en reconstrucciones físicas y figurativas, miniseries de esta naturaleza y duración, son pruebas de lo innecesario de realizar biografías en docenas de horas o más de una temporada, alargadas infructuosamente.

 

Halston se estrenó en Netflix.

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