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Hay actores chicos y malos, pero jamás personajes: Fernando Allende

mayo 22, 2020

Fabián Polanco | @fabiancpolanco

Poseedor de una de las carreras más audaces del espectáculo, que lo mismo se ha desarrollado en México, Estados Unidos, España y Puerto Rico, Fernando Allende tuvo en la década del setenta la posibilidad de dirigir sus pasos hacia el éxito, destacando en cine, teatro, televisión y en la música.

 

Sin hacer uso de ella en su totalidad, su apariencia física fue pieza clave en su aceptación entre el público gracias a su estilo juvenil y elegante, convirtiéndolo en un adonis que desde su aparición en la pantalla grande acaparó la atención de propios y extraños.

 

Fue una época llena de compañerismo y de sincera amistad. Se sentía que estábamos todos luchando por un mismo fin y no estábamos solos. Es un hermoso recuerdo lleno de nostalgias de los compañeros que ya han partido.

 

El setenta fue una época muy interesante para nuestro ambiente artístico. Fue una etapa, a nivel cinematográfico, en que se crearon elementos muy interesantes, ya que en esa década el mismo gobierno intentó participar de forma muy directa y tal vez poco diplomática, porque ese cambio se pudo haber realizado de una forma más amable; pero fue un cambio muy drástico para mí.

 

A nivel general, cuando me hablan de esa década, lo primero que viene a mi mente es el cambio que se trató de hacer entre el elemento privado, que había manejado la industria cinematográfica y que pertenecía a cuatro o cinco familias maravillosas del ambiente artístico, que por generaciones se habían dedicado a hacer cine en México; y cuando llega el momento en que el gobierno entrante en ese momento, juzga pertinente ‘socializar’ junto con el ambiente cinematográfico, controlándolo o siendo partícipe en él; dejando en claro que la palabra ‘socializar’ tal vez sea un poco drástica.

 

Fue una etapa muy interesante, pues en ese momento hubo un cambio enorme incluso para las familias establecidas que manejaban la industria cinematográfica en México; los Gascón, los Galindo”.

 

Además de que se empezó a realizar tanto un cine comercial, por así llamarlo, que otro con temática de denuncia social.

Sí, se hicieron esos tipos de cine, hubo esa dualidad porque la Época de Oro del cine mexicano pasó un poco a la historia. Digamos que se estaba reinventando el cine mexicano”.

 

EN MARÍA SE LUCIÓ MÁS QUE UN FÍSICO

Fernando Allende recibe su primera oportunidad dentro del cine mexicano en la cinta

Para servir a usted (México, 1971; José Estrada), compartiendo créditos con Héctor Suárez, Claudia Islas y Enrique Rambal, entre otros. Después de esta comedia con tintes dramáticos recibió la que sería su punta de lanza al estrellado, dando vida a un personaje extraído de la literatura latinoamericana: Efraín en la versión para cine de la novela María, de Jorge Isaacs, filmada en 1972 bajo la dirección de Tito Davison.

 

Esta cinta marca un nuevo despertar en el cine nacional, ya que anterior a esto quedó una etapa en que la calidad era poca y todo se estaba convirtiendo en una fábrica de películas, donde la temática no siempre era profunda; en ocasiones se abordaban temas demasiado populares y con lenguaje extremadamente coloquial, pero fueron cambios que la industria iba tomando.

 

A nivel personal, Fernando Allende era un joven con los estudios necesarios para poder competir a nivel histriónico y teatral, con viajes y literatura, con la capacidad de manejar dos idiomas (inglés y español), y siempre buscando personajes que pudieran darme esa credibilidad como actor.

 

No habrá faltado quien haya pensado que en ‘María’ simplemente se lució un físico, el cual requería el personaje. Sin embargo, cuando ves la película, te das cuenta que eso no lo es todo y que incluso hoy día la historia sigue estando vigente. Te das cuenta que tanto la protagonista femenina, Taryn Power, como yo y como todos los elementos que nos rodeaban, por supuesto bajo la dirección de Tito Davison, estuvimos envueltos en la atmósfera adecuada para hacer de este un clásico del cine mexicano; obviamente contando también con el trabajo artístico del ilustre Gabriel Figueroa, con quien tuve la suerte de trabajar en muchas ocasiones.

 

Te hablo de clásicos. ‘María’ es el ‘Romeo y Julieta’ de nuestra literatura latinoamericana. Hice ese personaje y en aquel momento yo era nuevo en el negocio artístico, y no faltó quien dijera que mi éxito estaba basado y cimentado en el físico, cuando en realidad hay una labor actoral. Eso me hizo buscar elementos que me permitieran demostrar mi capacidad histriónica”.

 

¿Y fue complicado romper con esa idea?

Fue muy complejo y se lo platico en una anécdota verídica. Yo tenía buenas amistades con las secretarias de los productores, por ello me lograba colar en los Estudios Churubusco y platicaba con todo mundo, desde los policías hasta los asistentes y los chefs del restaurante.

 

En una ocasión escuche que Alfredo Salazar estaba preparando la segunda versión de ‘La Virgen de Guadalupe’ y estaban buscando al ‘Indio Juan Diego’. Entonces de inmediato pensé que en ese momento no habría para mí un reto tan enorme como el de personificarlo, y más cuando necesitaba interpretar personajes que tuvieran muy poco que ver conmigo físicamente.

 

Así, en complicidad con un amigo peinador y una maquillista, llegué muy temprano a los Churubusco y lograron caracterizarme de tal manera que, además de sentirme como Juan Diego, pude verme como él tanto en lo físico como en su vestimenta. De inmediato me fui a sentar en la baqueta afuera de la oficina del director, quien pasó y no me reconoció.

 

Más tarde, pasado mediodía, salió su secretaria y me pidió pasar a hablar con su jefe, y al ir hacia allá lo hice caminando como si fuera un indígena. Estando adentro, Alfredo Salazar caminó junto a mí y no me reconoció, al grado que se me quedó mirando y me dijo: ‘qué lástima que usted no tenga un nombre en este negocio, porque el ‘Juan Diego’ que quiero es exactamente igual a usted, pero necesito un hombre que me traiga a la gente al cine. Déjeme fotografiarlo para que el actor que haga el personaje sea igual que usted’.

 

Ahí ya no me aguanté y me quité el sombrero, que se fue con todo y peluca; también el bigote. Después de abrazarnos le habló a la secretaria y comenzamos a hablar del contrato. Ese es un recuerdo muy hermoso. Cuarenta años después lo veo una manera un poco más crítica, más real y me sigo viendo entregado e iluminado por esa Luz Divina.

 

Los premios y los buenos comentarios no se hicieron esperar; además de que se convirtió también en una película clásica porque se sigue exhibiendo todos los doce de diciembre, no solamente en México sino en muchos países de Latinoamérica en donde se mantiene viva la fe por la Virgen de Guadalupe”.

 

Entonces el cine que hizo Fernando Allende en la década del setenta, además de darle aceptación en México, sirvió también para impulsarlo en el extranjero.

Yo entiendo que la razón de permanecer cuarenta años en esta industria es porque por fortuna los proyectos que se me ofrecieron tenían, de alguna manera, una solidez literaria o de estructura de producción. La competencia es fuerte y lo que llega no es por casualidad. Lo que te deja huella a través del tiempo y del espacio, es porque tiene alguna magia que ha permitido que ese proyecto traspase las barreras del tiempo.

 

Yo me siento muy bien ahora, a cuatro décadas de haberme iniciado en el espectáculo, con todos los proyectos en los que participé en esa época y en las demás. Siempre me ofrecieron muy buenos y le saqué el mayor jugo posible a cada uno de los personajes que interpreté, pues lo quería era trabajar. Siempre he pensado que no hay personajes chicos, ni malos; hay actores chicos y malos, pero jamás personajes”.

 

¿Cómo fue reencontrarse con María a cuarenta años de distancia, ahora como director, productor y guía de su hijo Adán Allende?

Fue un reto llevar cuatro responsabilidades de este tipo en una producción cinematográfica y básicamente, lo que saco en conclusión es que el respeto y cariño que he tenido hacia mis directores a lo largo de toda mi carrera, se vieron reflejados en la película. Básicamente en esta experiencia como director y productor pude revivir mis experiencias, y las pude compartir con mis hijos y las nuevas generaciones que participaron en la película.

 

El orgullo más grande, tal vez por eso obtuve el premio como Mejor Director de ópera prima en el Festival Internacional de Cine de Santander 2010, en Colombia, es que se dieron cuenta de lo complejo de los elementos y símbolos que existen en el argumento y que se lograron ver en armonía en la pantalla”.

Entrevista realizada el 23 de junio de 2011.

Fotografía: Esaú Ponce

El presente texto forma parte del libro Cine Mexicano del 70: La Década Prodigiosa; de Fabián de la Cruz Polanco. 2015; México. SamSara Editores.

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