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Espejo retrovisor: Judy restaura la figura y voz de la Diva en la pantalla grande

enero 25, 2020

Leopoldo Villarello Cervantes.-

Judy Garland (1922-1969) fue tan excelente cantante y participó en al menos una decena de películas recordables (de las dirigidas por Vincente Minelli a la maravillosa Nace una estrella y sus roles dramáticos en Un niño espera y Juicio en Nuremberg), más las entretenidas cintas de su primera etapa; su vida se tornó en una rueda de la fortuna trágica, y hace largo tiempo se ha convertido en un icono, musical y más para la comunidad LGTTTB.

 

Por ello vuela la interrogante de las razones por las cuales la industria cinematográfica donde se desarrolló, o la de algún otro país, hayan producido escaso material acerca de su vida. La televisión, necesariamente en documentales, y apenas una cinta y una miniserie (Rainbow, 1978; Life with Judy Garland: Me and my shadows, 2001), ha volteado a mirarla, en su niñez y en sus dramas personales. Y su presencia flota en sus días exitosos en recopilaciones del tipo de That’s entertainment en los años 70.

 

El inopinado auge de ‘biopics’ musicales en estos años del siglo XXI la ha atrapado por suerte. Si bien Judy (2019, dirigida por Rupert Goold), sólo se refiere al lapso postrero de su vida, es un método de restaurar su figura y su voz en la pantalla grande.

 

Adaptación de la triunfante obra teatral End of rainbow escrita por el inglés Peter Quilter -autor de Glorious¡, acerca de la adinerada aspirante a cantante de ópera Florence Foster Jenkins (llevada al cine en Florence, 2016, con Meryl Streep)-; Judy resalta sobre todo por la caracterización de Renee Zellweger (asistida por maquillaje y prótesis), por la música y canciones, interpretadas por la misma Renee; por la ambientación, con punto alto para el cabaret y los entretelones, los sufrimientos para entrar a escena, la magia nada más agarrar el micrófono.

 

El guionista Tom Edge conjunta y adiciona la obra entre dos épocas, la producción de El mago de Oz (1939) en la Metro-Goldwyn-Mayer y el 1967-68 cuando la Garland retornó a Londres para ofrecer porciones sublimes de su talento vocal, y una vuelta a sus crisis y mutabilidades matrimoniales; la figura dictatorial de Louis B. Mayer, el control sobre ella, cómo la hicieron adicta a las pastillas, y a futuro al alcohol y los cigarrillos.

 

Rupert Goold (en su segundo largometraje para el cine) transporta el declive de la ex niña actriz, donde aceptaba pagas irrisorias para su calidad, su crédito estaba por los suelos, debía cargar con sus dos niños menores y aceptaba albergue donde fuera. En pocos minutos se postula sus líos con su exmarido Sid Luft (Rufus Sewell), el cotejo entre el ascenso de su hija Liza y el declive de ella, la fragilidad emocional para ser pescada por hábiles tipos quienes se beneficiaban de su nombre.

 

Entre los frutos de la adaptación es eludir hacer un concierto comentado. Sí, los números musicales son imperdibles, cobran vigor y la muestran dueña del tablado, o aguantando bues y palos, y en uno de los momentos excelsos, que traen las lágrimas a espectadores, la rendición de su melodía primigenia, con el acompañamiento del público, sus admiradores en primera línea.

 

Las dos épocas se reconfiguran, secuelas indubitables; las filípicas y crueldad de Mayer, las cordialidades de Rosalyn (Jessie Buckley, en un papel acreditado y oportuno) su acompañante londinense; el abordaje de quien sería el último esposo, apertura con gracia y salida desgraciada; las conversaciones con Mickey Rooney, las rememoraciones baldías.

 

Es laudable la secuencia con la pareja de devotos delinea la soledad y carencias sentimentales de la mujer desgastada antes de cumplir los cincuenta, y preludia la idolatría por venir en los recortes periodísticos, las fotografías, los discos; con la tonada de especial dedicatoria, remembranzas de la noche del ‘jam’ en Nace una estrella y constatación de las aptitudes harmónicas.

 

Las veladas con localidades agotadas materializan lo extraordinario de unas cuantas personalidades, y tras su caída, literal, copiada tal cual sobrevino y el renacer cual fénix las gloriosas noches posteriores, el beneplácito de afectos y hostiles; la repetición de los triunfos en el Carnegie Hall, la constancia de lo atesorado e innato en cuerpo y alma de la diva trágica, su legado.

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