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Espejo retrovisor: Explorando cortometrajes de Festival de Clermont-Ferrand

febrero 27, 2021

Leopoldo Villarello Cervantes | @filmeweb

La plataforma europea Festivalscope está enfocada primordialmente a profesionales de la industria cinematográfica. Varios de los festivales más importantes del mundo, y de México, ponen parte del material exhibido a disposición, con costo durante las fechas cuando se celebran. Algunos, obsequian una cantidad de boletos para todo público para ver una selección de las películas proyectadas, durante un período.

 

Por estas semanas, los organizadores el Festival de Cortometrajes de Clermont-Ferrand, para muchos el de mayor relevancia en este segmento, han puesto a disposición de los usuarios de la plataforma dieciséis de estas producciones, provenientes de países de medio mundo, de su reciente competencia.

 

Dos de estos cortometrajes agotaron prontamente sus entradas disponibles, por lo cual sólo tuve oportunidad de ver el resto. A continuación comento de cinco, a destacar por temas y creaciones.

 

El argumento de un par de ellos gira alrededor del tema sustantivo del 2020 y probablemente el 2021, el encierro de la gente en sus hogares a causa de la pandemia del COVID 19. Confines dehors (2019, de Julien Goudichaud) muestra la soledad, el vacío, de la Ciudad Luz; el documental encuentra unas cuantas de las personas quienes obligadamente andan por las calles para sobrevivir, en busca de ingresos o algo para aguantar.

 

Un arcoiris de maravillosas almas. Una anciana indigente comenta el placer de tener la más bella avenida del mundo (Les Champs Elysés) para ella sola, sentada en una banca a unos metros del Arco del Triunfo, con la iluminación mostrando el esplendor de toda esa zona.

 

Una prostituta plática las medidas tomadas para el servicio a sus clientes y las frecuentes arengas policiales para irse a guardar. Individuos caminan, recitan, cantan, por en medio de calles antes llenas y ruidosas, invitando les procuren unos centavos; de algunos balcones les aplauden, unos les lanzan un billete o calderilla.

 

Un tipo más distintivo, dedica las horas de la madrugada a hurgar debajo de las alcantarillas, a la caza de un pequeño tesoro, monedas caídas por accidente; antes las pedía afuera de los restaurantes y sabe lo usual de céntimos sobrantes tirados y no recogidos; en ocasiones halla cubiertos, los cuales retorna a los locales hoy cerrados; aún de mayor distinción es su hogar, debajo de la calle, un apartamento a envidiar, con comodidades y cierta amplitud, donde entre tantas pequeñas posesiones, enseña joyas encontradas en sus andanzas noctámbulas; y su trabajo extra, de limpiar las monedas herrumbrosas, sucias, para poderlas gastar.

 

Las panorámicas de la capital francesa, desierta, sin vehículos ni turistas, bajo la luminiscencia, le otorgan un aura de esplendor vistiendo las tragedias.

 

En The nightwalk, (2020, Adriano Valerio) un hombre recapitula acerca de los meses transcurridos, desde su arribo a China para asistir a un curso a inicios del año pasado; el conocer a Lin, una muchacha, la prohibición repentina de no salir de su habitación.

 

Mediante fotos fijas, imágenes de archivo y otras tomadas desde el lugar se encontraba, documenta lo acontecido, la insólita situación a miles de kms de su casa, sus pensamientos: camiones-tanque y trabajadores cubiertos totalmente aventando chorros de desinfectante por las calles; el no saber cómo comportarse en el obligado encierro; recuerdos familiares, de su infancia, del rompimiento de sus padres; o de una película (con Mastroianni), la relación con el vecino, la necesidad sexual; el cambio de hábitos, en el dormir o perder el sueño, por ejemplo; la sensación de estar vigilado y en peligro, de su captura por los policías (con escenas de un corto de Chaplin y una significativa del Sherlock, Jr. de Buster Keaton). La analogía de su situación con la de un ciclista en la Tour de France. Y más afectivo, el saberse querido por sus progenitores, el respirar de nuevo.

 

Vas-y Voir (2020, de Dinah Ekchajzer) es un sentido homenaje de la cineasta a su abuela Madeleine Mitton (1922-2000). Recupera fases trascendentes, la da a conocer, saca a luz algo de su labor docente y tras la cámara: estudió dirección de cine después de la segunda guerra mundial; seguidora, partidaria, de Jean Rouch.

 

Utilizando fotografías, diapositivas, el material filmado y grabado por Madeleine, y collages armados, la nieta traza un perfil familiar, de sus labores en África, donde ayudó a consolidar una escuela de cine en Níger. Vivió ahí varios años, en el segundo lustro de los 1960, de ahí viajó a Alto Volta y a Costa de Marfil.

 

Describe los motivos de su traslado al continente negro tras la ruptura con su marido y por un programa de Francia para mantener control de sus ex colonias; le llamaban Cooperativistas e iban para apoyar a los países recién independizados, una continuación del colonialismo.

 

De sus archivos sonoros y fílmicos indaga en la amistad, laboral, personal, crecida entre el “Boy” (su asistente o ayudante), Abdou,  quien pasó a integrar su familia, más cuando la nana de Felicie, la mamá de la directora, se retiró; hasta el grado de haberse pensado hubo una cercanía mayor entre abuela y Abdou.

 

La directora subraya los probables obstáculos de las razas y la clase social. Entrevistas actuales a Felicie, a quien escuchamos en las grabaciones y vemos cuando niña, completan las memorias, cuestiones semi escondidas, los felices años.

 

Imágenes de Madeleine, anciana a finales de los 1990, día a día olvidando sus recuerdos, sin reconocer a la nieta bebé, lejos de esos lugares donde transcurrieron unas de sus vivencias notables al lado de su pequeña hija Felicie.

 

(Al escribir esta nota, me entero de la existencia de una cantante pop llamada Madeleine Mitton; en cambio, tristemente, escasean registros acerca de la Madeleine Mitton, cineasta y protagonista de Vas-y voir, ni de su trabajo.)

 

Malabar (2020, de Maximilen Badier-Rosenthal) narra, a partir de una noche de probable parranda de dos amigos, las dificultades para subsistir de inmigrantes orientales en Europa, las acciones extremas para conseguir ingresos, llevar algo de comer a sus familias, lo hacinado como habitan, el temor subyacente de ser cazados, apresados. Y se refilón, la naciente amistad entres esos dos y un anciano, acaso vietnamita, o chino, malayo, indonesio (en una escena graciosa, salta esa interrogante).

 

Se traza la disyuntiva de si abandonar a una persona atropellada o salvarla, llevarla al hospital, aceptar culpas. Del tono un poco grave de apertura, se pasa a una suerte de humor negro, con el anciano en silencio, mirándolos dubitativo, haciendo creer no entiende francés; a la transacción apuntada sobre el vaho de una ventana del automóvil, los aprietos de ellos para conseguir el dinero; la elípsis para verlos de compras en el supermercado, el susto por si rechazan la tarjeta; las curaciones al viejo, la comprensión mutua de las situaciones.

 

Letters from Silivri (2019, Adrián Figueroa) está construido en un plano secuencia de la duración del cortometraje, 15 minutos, en movimiento circular, en cámara lenta, desde un lugar en las afueras de una ciudad de Turquía.

 

La Silivri del título es la prisión donde está encerrado Osman Kavala, un opositor al régimen rígido de esa nación, a quien mantuvieron encarcelado desde noviembre de 2017 dificultando su defensa o un juicio justo, y cuando ganó y obtuvo su liberación, nuevos cargos le fueron endilgados con la posibilidad de ejecutarle cadena perpetua.

 

En tanto vemos las imágenes, son leídos fragmentos de cartas y comentarios de Kavala, de cómo lo recluyeron, la celda donde lo enclaustraron, el papeleo e incidencias para retardar su caso.

 

La cámara en movimento observa a distancia los cientos de edificios donde residen los habitantes de esa urbe, y descubre de a poco las actividades por la calle, donde un gentío semeja una manifestación o desfile, pero es una boda, con leves invocaciones del Entreacto (1925, de René Clair).

 

En la primera vuelta las personas parecerían congeladas, inmóviles a propósito para la toma; a la segunda entendemos la posición del realizador Figueroa, en contra partida a las palabras escuchadas fuera de cuadro; a la tercera, se tuerce la cámara, se voltea a ver en ángulo e inclinación baja a las personas, quienes apenas avanzan o cambian de postura.

 

Luego se reacomoda para proseguir su lectura del espacio, con un tractor, algunas personas han caminado, los novios se abrazan y felicitan, la lentitud converge a un tiempo alargado, a este evento en la lejanía de esos altos multifamiliares donde se hacinan trabajadores y su parentela; a la experiencia intimidatoria e indigna para un representante de la sociedad civil turca luchando por sus principios, en contra de una dictadura, de una justicia controlada por el gobierno.

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