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Espejo retrovisor: Errol Morris y el lado B de Elsa Dorfman

junio 11, 2020

Leopoldo Villarello Cervantes.-

Una de las anécdotas por las cuales se hizo más conocido Errol Morris es aquella donde el cineasta alemán Werner Herzog prometió se comería su zapato si Morris lograba completar alguna vez Gates of Heaven (1978) su debut en el campo del documental. Herzog no tuvo más remedio sino cumplir su promesa la noche del estreno.

 

Con Gates of heaven (no confundir con Heaven’s gate, 1980, la mítica película de Michael Cimino) Morris inició una trayectoria gracias a la cual los documentales resurgieron como piezas trascendentes en la cinematografía, años antes de la emergencia de Michael Moore.

 

Morris alcanzó su mayor reconocimiento cuando The fog of war: Eleven lessons from the life of Robert S, McNamara (2003) se alzó con el Oscar; pero antes ya destacaban sus estudios sobre un curioso pueblo y sus excéntricos habitantes, Vernon, Florida (1981), o la estructura narrativa en The thin blue line (1988), además del tema de la acusación errónea de asesinato; y sin duda, su trabajo acerca de la vida, obra y labor del eminente Stephen Hawking en A brief history of time (1991), entre otros de sus meritorios documentales.

 

Hacia 2015, Morris se acercó a Elsa Dorfman, una longeva fotógrafa especializada en retratar con película Polaroid, y conjuga, de un lado lo significativo de las cámaras y el material de rápido revelado ahora en extinción; y de más alcance, el trabajo realizado por ella por alrededor de medio siglo.

 

El título de B-side: Elsa Dorfman’s portrait photography (2016), alude a los lados B de los discos de 45 rpm, donde se suponía el lado A era la canción estelar, y lo relaciona con las fotografías tomadas por ella durante largo tiempo, pues decidió inteligentemente hacer dos de cada una, la original se suponía la mejor, era para los retratados, y las segundas las fue guardando. Ahora, al revisar su archivo, descubriremos cuántas de estas resultan de más calidad, peculiares, especiales, a las primeras.

 

El documental es intimista, de entrevista amigable, con ella en su estudio/casa, donde almacena sus ficheros, el material de varias décadas, fotografías con cámara de 35 mm con la cual empezó, más reproducciones, postales, diapositivas, y su cotizada y única colección de imágenes tomadas con las instantáneas Polaroid, de mayor valor hoy día tras la bancarrota y desaparición de la compañía.

 

Los recuerdos de Elsa Dorfman van de la mano con el excelente material personal y de sus archivos, para relatarnos la insigne historia de esta sencilla pequeña mujer judía, asombrarnos con cuánto ha conseguido, las prendas impresas, el óptimo estado de conservación en general; su evolución física y como fotógrafa, pues se ha retratado casi día a día, sin ínfulas, sin artificios, tal cual ella ha sido a lo largo de sus más de ochenta años.

 

Iremos a las casualidades afortunadas en su existencia, su empleo primerizo en la editorial Grove recién egresada de la escuela, su encuentro y posterior amistad imperecedera con Allen Ginsberg, el día cuando le prestaron una camarita, sus jornadas cerca de Harvard, la obligada venta de sus fotografías en la calle, y más decisivo, su engarce con la Polaroid.

 

Elsa cuenta con sencillez su progreso en el oficio con las cámaras Polaroid más grande, 20 por 22 pulgadas, en las cuales se especializó (similares a las viejas cámaras con tripie utilizadas por fotógrafas de estudio); su fértil intuición de escribir en el recuadro blanco la fecha, el sujeto, el lugar; su relación con el Museo de Arte de Massachussets; la oportunidad de aprender y ejercer con una cámara de 40 por 80, de las pocas de la compañía Polaroid, la suerte de haber estado cuando les devolvieron una de Japón.

 

La obra de Elsa Dorfman pasa a la punta del protagonismo del documental, más los propios, pero aparecen unos lados B de excepción. El otro protagonista es claramente Allen Ginsberg; lo veremos como a ella, desde la década del 1960 hasta la proximidad de su fallecimiento; de su facha juvenil, sin barba, en poses distintivas; o con Peter Orlovsky, e incluso sin ropa; a sus años mayores; y en composiciones de fotografía dentro de otra fotografía, una inventiva repetida por Elsa en cuadros familiares. Después de Ginsberg, el esposo de ella es el más rememorado, y puntualmente su larga vida juntos.

 

Hacia la conclusión de este breve y sensible estampa de una mujer artista semidesconocida, reivindicada ampliamente por Errol Morris, surgen un par de momentos de resonancias sentimentales: la última llamada de Ginsberg, muestra de la gran amistad entre ambos; y la franqueza de Elsa acerca de estimado archivo, de cuál será su futuro, su legado.

 

B-side: Elsa Dorfman’s portrait photography es un documental producto del aprecio de Errol Morris por ella, su involucramiento en sus preguntas fuera de cuadro, en cederle la primera voz, en hilvanar su obra, sus sensaciones, su naturalidad; verla fructificar.

 

B-side: Elsa Dorfman’s portrait photography se encuentra en Netflix, donde también está el penúltimo trabajo a la fecha de Errol Morris, la mini serie Wormwood (2017).

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