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Espejo retrovisor: Adam, segundo largometraje de la islandesa María Sólrún

abril 27, 2020

Leopoldo Villarello Cervantes.-

Varias peculiaridades concurren por Adam (2018), coproducción alemana islandesa con una compañía mexicana, El Caimán Films. Ser relatada por su protagonista no lo sería tanto, pero sí cuando él es sordo, casi mudo, y en apariencia de mentalidad infantil, su mirada y rostro aún con rasgos de niño, algo debido a su vestuario, siempre en pantalón corto, saco, tenis; con un corte de cabello a la moda, y la manera de atender a la (escasa) gente con quien debe relacionarse (la trabajadora social, el pariente-vecino, el amigo por Skype).

 

Adam tiene pinta de correspondencia epistolar a posteriori con la madre en enfermedad degenerativa y hospitalizada; el émbolo de sus acciones arranca en ella; el deseo máximo contendría la posibilidad de volver a vivir juntos en su apartamento, cuidarla, plegarse a sus peticiones. Sus incapacidades les postergan.

 

Segundo largometraje de la guionista islandesa María Sólrún, alinea de entrada la impresión de un ‘Adam’ travieso, con mentirillas para ligarse por internet a una mujer poco mayor, fingir permanecer en silencio ante su catarata de interrogantes, de sonrisa inocente.

 

La comedia furtiva se entinta al drama del muchacho en trance de cumplir la promesa a su madre. Barre a la disyuntiva de ‘Adam’, sus falsas y fallidas vencidas con la parca, cada intento en un tris de ser el definitivo y demostrativo de los agobios de último segundo. Remar contra la legalidad y las reglas sociales.

 

Reparo a favor de la eutanasia, reconvención de la sencillez para comprar medicamentos dañinos en cantidad más las secuelas, a través de la computadora. Bosquejo de un individuo apartado del contorno, ensimismado con su música a todo volumen, sin considerar el ruido para sus vecinos; extendiendo sus rutinas como si nada aconteciera, sin zozobras a pesar del aviso de expulsión de su vivienda. Las visitas a su madre como su lucero del día, la natación el reposo y estabilidad, las charlas a distancia con su amigo desde Nueva Zelanda para soltarse.

 

Esos procesos son el despertar de ‘Adam’, el escalón apremiado para precipitarse de la adolescencia, del romance pueril al sexo; la ralladura de saber la existencia de su padre, el empalme de su nacimiento y el romance, las postales escondidas por la madre. Su voz fuera de cuadro aligera las lecciones, cada paso. La singularidad viene al conectar el mañana desde el cual sobreviene su reflexión, al prestar su voz, el pensamiento, a la remembranza de la madre, silenciosa, ausente.

 

Imanta la personificación de Magnus Mariuson (interactuando en escena en casi el total del largometraje breve y sentido), hijo de la directora, su inmersión blindada en su fragilidad, encajando con un alma gemela para compartir, pareja de corte extravagante, por las estaturas y talantes. Con ella recupera la figura femenina, ecuanimidad, la sencillez, trueca el rol paterno.

 

El círculo descriptivo recala en su imposibilidad de ahogarse, en los designios cumplidos.

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