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En La india le ahorre al productor el gasto en vestuario, dijo Isela Vega

marzo 10, 2021

Fabián Polanco | @fabiancpolanco

Desde el momento de iniciar esta investigación, el nombre de Isela Vega (1939-2021) fue uno de los primeros en mencionarse, y es que su presencia es imprescindible, más aún por tratarse de una de las actrices que jugó un papel importante en la década del setenta, pues se dio el lujo de participar en proyectos con tintes exquisitos y en cintas en las que “la ficha” y ser una bella de noche era fundamental. Pese a quien le pese, fue la actriz más taquillera de ese periodo.

 

Las declaraciones de Isela Vega aquí presentes las rescatamos de una entrevista que dio a la edición original del periódico El Heraldo de México en 1982, realizada por el crítico, periodista e investigador Luis Terán, en el domicilio que ella tenía en la calle de Hamburgo, en la Zona Rosa de la Ciudad de México, mientras descansaba en la temporada de la farsa La Sexicienta; además de reintegrarse a la filmación de una miniserie bajo la dirección de Burt Kennedy,  en locaciones de Morelos y en Los Ángeles, California.

 

Al cuestionarle sobre qué significaban títulos de su filmografía como La primavera de los escorpiones (México, 1971; Francisco del Villar), La india (México, 1976; Rogelio A. González Jr.), El festín de la loba (México, 1972; Francisco del Villar) y El llanto de la tortuga (México, 1975; Francisco del Villar), entre otros, los cuales constituyeron “grandes escándalos” pero fueron grandes éxitos de taquilla, respondió que para ella tenían muchos significados.

 

En estas películas se abordaron temas fuertes como la pedofilia, el lesbianismo reprimido, el menage a troix  o ‘atroz’, como decía yo; y el pandillerismo y su sexualidad enDulces navajas’ (México-España, 1980; Eloy de la Iglesia).

 

Mi papel  en ‘Las apariencias engañan’ (México, 1983; Jaime Humberto Hermosillo) era de hermafrodita y literalmente me ‘echaba’ a Gonzalo Vega en la película. Salí desnuda a todo lo largo y ancho en La india, que según el director, Rogelio A. González Jr., era un ejercicio sobre el mito de la chingada. Luego, tenía relaciones sexuales con Mario Almada, que salía de cura de pueblo en ‘La viuda negra’ (México, 1977; Arturo Ripstein), donde yo era su sacristana que acaba oficiando misa”.

 

Sobre si llegó a sentir algún cosquilleo, algún impedimento por tener que aparecer desnuda, mencionó que para nada. “Ya me acostumbré. Creo que cada vez pienso menos en eso. En La india le ahorré al productor el gasto en vestuario, no saqué un solo trapo”, dijo.

 

La presencia de Isela Vega en el cine mexicano y de otros países se dio en proyectos de gran relevancia, como ocurrió con Quiero la cabeza de Alfredo García (México-Estados Unidos, 1974; Sam Peckinpah), por la cual fue nombrada por la revista Newsweek como una de las mejores actrices.

 

Sam Peckinpah luchó con el estudio para que yo fuera la protagonista. Era una película fuera de lo común; fuera de los estándares de Hollywood y producida por una de las grandes compañías fílmicas, la United Artist. Tenía un buen presupuesto y no había estrellas. Éramos Warren Oates, un excelente actor  y yo. Estaba Gig Young, que se había ganado el Oscar por coactuación en ‘Baile de ilusiones’ (Estados Unidos, 1969; Sydney Pollack), el magnífico Robert Webber y Kris Kristofferson en una actuación especial.

 

Claro que también salía EmilioEl IndioFernández, como emblema del giro negro que representaba en la película: la cara de la corrupción de un país aquejado por la delincuencia. También sentí orgullo porque se apreciaba mi trabajo; creo que logré que mi personaje, ‘Elita’, proyectara ternura entre tanta sordidez, era lo que quería Sam. Claro, Peckinpah era uno de los cineastas más chingones del mundo y trabajamos a toda madre; la película tronó en Estados Unidos, pero en México y Latinoamérica le fue muy bien”.

 

PENSABAN QUE SÓLO ERA UNA ENCUERATRIZ Y NO UNA ENCUERACTRIZ

Haber participado en cintas de corte pícaro y sensual en el cine mexicano, hizo a un lado la carrera internacional de Isela Vega, incluido también lo que realizó en producciones fílmicas de autor.

 

Me la pasaba entre México, España y Hollywood. En México la gente pensaba que sólo era una ‘encueratriz’ y no una ‘encueractriz’. No tenían idea de mi carrera internacional. En Estados Unidos era muy seria mi trayectoria, de mucha disciplina y rigor. En España era la mexicana que actuaba en coproducciones. A mí nunca me importó aclarar nada, que tuvieran de mí la impresión que les diera la gana. La diferencia entre mí y las otras figuras del espectáculo era que yo no me creía el pedo”, mencionó.

 

Con una carrera iniciada varios años antes de la década que se aborda este libro, Isela Vega tomó la decisión de viajar a Inglaterra para perfeccionarse como actriz. En la charla, se le cuestionó sobre si llegó a sentir temor de perder lo que había ganado, en cuanto a popularidad se refiere, al estar fuera de México por mucho tiempo.

 

Mira, las estrellas de cine de la época de oro estaban cubiertas de glamur, de artificio. Yo en cambio ya pertenecía a otra era. Sí había mucho de improvisación, de audacia, pero también de veracidad. Podías tener la puntada de llegar en una limusina a un estreno o cualquier otra extravagancia, pero tu ropa era más casual.  Yo me hacía los vestidos; antes de ser actriz aprendí a cortar, soy muy buena costurera y he hecho ropa para vender desde hace muchos años. Es ropa de firma porque la firmo yo.

 

Fue una experiencia extraordinaria estudiar en Inglaterra. Sobre todo porque ya no era una jovencita, tenía más pilas para agarrar la onda aunque todavía estaba físicamente muy bien. Al volver de Europa a México yo era la número uno en la taquilla, nadie me llegaba. ‘Cantinflas’ filmaba muy poco; ‘La Doña’ se retiró en 1970; ‘La India María’ hacía una película al año. Yo estrenaba cinco y todas eran unos madrazos. Calderón había comenzado la serie de cintas de ‘Las ficheras’ y ‘Bellas de noche’ (México, 1975; Miguel M. Delgado) con muy buenos resultados.

 

Al pisar mi casa, el productor me llamó por teléfono: ‘tienes que filmar conmigo’; yo le respondí: ‘Memo, pero no me quieras pagar una mugre’; y ¡zas!, que me da el sueldo más alto que se había pagado a una actriz en México. Hice ‘Las cariñosas’ (México, 1979; Rafael Portillo); claro que puse mis condiciones, entre ellas la de hacer unos numeritos musicales. Pues ‘Las cariñosas’, de verdad se saltaron las trancas y fue un trancazo, ¿Qué tal?”.

 

¿Y cómo fue que decidió ser actriz?

Fue algo curioso. Yo estaba enfilada a ser costurera. Estudié en California, que estaba cerca de Sonora, donde nací. Cuando vine a México trabajé de modelo y me animé a cantar; era entonada y me salían bien los boleros en el bar del Hotel Bamer, en Avenida Juárez. Empecé a salir bailando en un programa de Max Factor.

 

Conocí a Alberto Vázquez, tuve un hijo con él, Arturo. Por ese entonces hice una prueba para el cine y me llevaron a Hollywood de finalista y me quedé con el papel, entre cientos de candidatas.  El gran director de cine norteamericano Jon Frankenheimer me escogió para mi debut fílmico en ‘El marino extraordinario’; esto fue en 1968, pero estuvo enlatada un año, hasta el 69 que se estrenó. En el reparto estaban David Niven, Faye Dunaway, Mickey Rooney, Alan Aldan. Se filmó en México. Con las ediciones que le hizo la Metro Goldwyn Meyer a la cinta mi papel se redujo muchísimo.

 

Aunque mi verdadero debut estelar en Hollywood ocurrió en ‘Deadly Trackers’, con Rod Taylor y Richard Harris. La película la empezó el legendario director Samuel Fuller, quien también la escribió, pero se peleó con los productores y la concluyó Barry Shear. Fue en 1973 y me sirvió como trampolín para ‘Quiero la cabeza de Alfredo García’. Con el realizador australiano Fred Schepisi hice ‘Barbarosa’ (Estados Unidos, 1982), un western fabuloso con un personaje notable de la música country: Willie Nelson y con otra leyenda, Gilbert Roland.

 

En México he trabajado con Roberto Gavaldón en ‘El hombre de los hongos’ (México-España, 1976), de una novela del afamado autor veracruzano Sergio Galindo; con Arturo Ripstein en ‘La viuda negra’, vagamente inspirada  en ‘Debiera haber obispas’, del también escritor veracruzano Rafael Solana; ‘Las apariencias engañan’, de Jaime Humberto Hermosillo. Gané un Ariel de Mejor actriz por ‘La viuda negra’ y una Diosa de Plata por trayectoria que me entregó PECIME”.

 

¿En Hollywood hubo algún problema con la compañía de Dino de Laurentiis?

Cuando andaba promoviendo ‘Quiero la cabeza de Alfredo García’, fui de Suecia hasta Hong Kong. En algún lado me llegó un aviso de Paul Kohnner, mi agente en Hollywood. Él había sacado unas fotos mías en el Variety, de las que me tomaron para la revista Playboy, la gringa, pero que no habían publicado. Tenía una gaza transparente que yo sostenía frente a mis pechos y decía el texto en inglés: ‘Isela Vega es una muñequita viviente’, a living doll; querían que hiciera una prueba para Drum (Estados Unidos, 1976; Steve Carver y Burt Kennedy).

 

Paul Khonner ya me enviaba la fecha, así es que fui a Hollywood,  hice la prueba y me quedé con el papel: la regenteadora de un burdel en Nueva Orleans a fines del siglo XIX; repetí con mi amigo, al estupendo Warren Oates. Conocí a uno de los más grandes fotógrafos de todos los tiempos, Lucien Ballard, que me fotografió como yo nunca me había visto; también a una tipa extraña, muy fregona, Pam Grier, toda una gloria en el cine underground; me hice amiga de Paula Kelly, gran bailarina y actriz.

 

Salía conmigo el fortachón negro Ken Norton, con quien tuve candentes escenas que tuvieron problemas con la censura gringa. Después, con el contrato firmado para filmar ‘El rey de los gitanos’ (Estados Unidos, 1978), con el mismo productor Dino de Laurentiis, el director Frank Pierson y yo no nos entendimos. Llamaron a Susan Sarandon. Y en paz.

 

Después hice la miniserie ‘El Álamo’ (Estados Unidos, 1987; Burt Kennedy) y ‘Las calles de Los Ángeles’ (Estados Unidos, 1979; Jerrold Freedman), con Joanne Woodward. Mi hijo era Fernando Allende. Hice varias películas en España, una con Raphael. Me acuerdo que la anunciaban así: ‘Isela Vega seduce, humilla y enloquece a Raphael en ‘Volveré a nacer’ (México-España, 1973; Javier Aguirre). Actuaba conmigo también Verónica Castro. Fue una temporada de muchos viajes. De vivir en España. Donde más tiempo pasé fue en Los Ángeles y claro, aquí en México”.

El presente texto forma parte del libro Cine Mexicano del 70: La Década Prodigiosa; de Fabián de la Cruz Polanco. 2015; México. SamSara Editores.

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