El setenta abrió caminos para hacer cine, Pilar Pellicer

mayo 16, 2020

Fabián Polanco | @fabiancpolanco

Iniciando su carrera como actriz a muy corta edad en 1955, en la película El vendedor de muñecas (México; Chano Urueta), la suerte y saber tomar buenas decisiones llevaron a Pilar Pellicer a ubicarse como una de las actrices con mayor prestigio y porte en el medio del espectáculo. Prueba de ello ocurrió en 1959, cuando tuvo la posibilidad de ser dirigida por Luis Buñuel en Nazarín, papel que le dio la oportunidad, más delante, de abrirse camino en Europa, tratándose de un filme ganador de la Palma de Oro en el Festival de Cannes.

 

Mi escena era muy pequeña, como un ‘close up’, lo que más adelante, ya estando en París para estudiar -becada por el Instituto Francés para América Latina-, me sirvió para tener un representante y poder trabajar allá. Para mí fue muy importante que el público parisino me viera en una película como ésa. Tal vez aquí se tardó un poco para que sucediera algo, pero ni modo”.

 

En ese mismo periodo se encontró de nuevo con el cineasta español naturalizado mexicano, en la coproducción La fiebre sube a El Pao (Francia-México, 1959), protagonizada por María Félix y Gérard Philipe. “Era algo maravilloso; yo estaba enamorada de él por todo lo que representaba y bueno, justo hice la película en el verano antes de irme a Europa.

 

En Francia estudié arte dramático con varios maestros, además de pantomima y todo lo que hace un actor. Luego me casé, nació mi hija Ariadne y ahí hice varios trabajos, como teatro clásico e incluso televisión y cine.

 

Participé en una película que se llamó ‘La otra mujer’ (Francia, 1964; François Villers), en la que me encontré de nuevo con Paco Rabal; además hice dos más con papeles no muy grandes, pues era muy difícil en aquella época. O eras María Félix o Jane Fonda, que venía de un país muy importante y con un enorme poder de una industria de verdad. Ser una joven actriz y estar allá sola y sin conocer a nadie era difícil. Sin embargo, no me lo pasé mal, la vida me fue llevando”.

 

El reencuentro de Pilar Pellicer con el cine nacional se dio a mediados del sesenta, cuando se toma unas vacaciones en México con su hija y su esposo. Es cuando surge la invitación para participar en Tajimara (México, 1965), cinta que dirigió Juan José Gurrola con un guión de éste y Juan García Ponce. Al terminarla regresó a Europa. Sin embargo, escuchó que se preparaba el rodaje de la adaptación para cine de la novela Pedro Páramo (México, 1967; Carlos Velo).

 

Un día Carlos Fuentes me dijo: ‘Mira Pilar, si quieres hacer a ‘Susana San Juan’ vente a México, porque ahorita ya la están preparando y hay muchas actrices jóvenes que aspiran a serlo’. Entonces hablé con los productores desde París y les dije que quería hacer el personaje, pero me dijeron que estaba muy chaparrita y que debía de ser alta; les contesté que no me importaba, que iría a México para interpretarlo. Pero lo que realmente provocó que hiciera la película fue que vieron ‘Tajimara’, tanto mi compañero John Gavin como los productores”.

 

¿Cómo fue el trabajo con Buñuel? ¿Qué se aportaron, él como director y usted como actriz?

Nada. Yo no tenía absolutamente nada qué enseñarle a ese señor; sólo era una muchachita. Sabía quién era, pero él no me impresionaba. No sé cómo explicarlo. Iba a su casa, era muy amiga de sus hijos. Él era un hombre que daba y sabía perfectamente lo que quería. En la película (‘La fiebre sube a El Pao’) yo nada más dije: ‘No cielo; sí Juan’, que era un diálogo del Marqués de Sade. Era un personaje fantástico. Yo no tenía que hacer nada, era como ser él y ser el personaje a la vez”.

 

UN POCO PEDANTE, PERO UNA CHICA DELICIOSA…

Saltando al setenta, ¿Qué significó esa década para Pilar Pellicer?

Lo que marcó esa década para mí fue ‘La Choca’ (México, 1974; Emilio Fernández), porque fue una película que no estaba preparada para mí, sino para otra actriz. Si usted ve una entrega de premios, como el Oscar, hay varios actores que se lo llevan por interpretar personajes que no estaban creados para ellos, pero así es la vida.

 

Esa película era con ‘El Indio’ Fernández, con una historia muy buena que llegaba también a los grandes públicos. De hecho, considero que las cintas de antes eran buenísimas, pero no llegaban a nadie, y un actor necesita las dos cosas: hacer buenos proyectos y ser visto por el público. La película incluía un desnudo, el cual yo decía que no era necesario, pero me dijeron que el personaje tenía que bañarse desnudo por completo en el mar. ¡Ay, qué horror acordarse de eso! ¡No, por favor!

 

El hijo de Ofelia Guilmáin, Juan Ferrara, hacía de mi novio. Él era un niño muy chiquito y bueno, yo también, pero no tanto. Estaba un poquito más madura. Mi primer desnudo no fue en esa década, sino un poco antes en ‘Las visitaciones del diablo’ (México, 1968; Alberto Isaac); pero era un desnudo muy justificado. Mi personaje era la hija de la sirvienta y me trataban como hija de la familia. Desde ese momento me empezaron a ofrecer desnudos, cosa que a mí no me molestaba porque quitarse la ropa era parte de la historia y yo, como bailarina que fui, tenía el cuerpo para poder expresar sentimientos, emociones y pensamientos, no para mostrarme con un tubito”.

 

Otro filme que causó polémica fue Las Poquianchis (México, 1976; Felipe Cazals).

Creo que el cine mexicano del setenta tiene películas muy fuertes como ésta y ‘La Choca’, como ‘Tres mujeres en la hoguera’ (México, 1979; Abel Salazar), que hablaba de lesbianismo en el cine mexicano y que a quienes la hicimos nos divertía mucho”.

 

Tres mujeres en la hoguera es una película fantástica en su estilo y con un libreto muy irónico y bastante inteligente. Usted era ‘Mané’, ¿Qué recuerda de esta cinta?

Recuerdo que primero la iba a dirigir otra persona. Después entró Abel Salazar, con quien me llevaba muy bien, pero era gruñón y creo que la película hubiera quedado mejor si no se hubiera tenido ese temor de aceptar que se trataba de una cinta lésbica, aunque en su momento no se realizó con esa vertiente.

 

Todo fue muy bueno. La temática, la belleza del lugar y los actores, tanto Rogelio Guerra, que estaba guapísimo en esa época; Maritza Olivares. No se diga Maricruz Olivier, que odiaba el sol y el mar; y yo, que sí amaba la playa. El proyecto era tremendo. Me sentía como en mi casa. Creo que fue una película que, aunque podría haber estado mejor, sí marcó cómo atreverse a tocar nuevos temas”.

 

Sus diálogos eran muy buenos, estaban fuera del contexto de la época.

Así es. Rompían con muchas cosas; fue delicioso hacerlo”.

 

Un hecho que dio relevancia al cine de esta década fue que algunos de sus argumentos fueron tomados de la vida real, como ocurrió con Las Poquianchis.

Sí, lo tomaron de un hecho real muy fuerte que no se olvida. El argumento se volvió a tocar, pero para la televisión, en un capítulo de la serie ‘Mujeres asesinas’ (‘Las Cotuchas, Empresarias’; México, 2010; Mafer Suárez), para el cual me llamaron, pero para interpretar a una de las lenonas.

 

En ‘Las Poquianchis’ hice a la joven que se convierte en verdugo; se llamaba ‘Santa’, un papel padrísimo. Recuerdo que llegaba a mi casa agotada; era tan fuerte el desprecio a la mujer que la veían como objeto”.

 

Al finalizar la década participa en Cadena perpetua (México, 1979; Arturo Ripstein).

Fue una película padrísima. En ella tengo sólo una escena, pero es impactante. Por eso pienso que no hay papeles chicos. Repito que mi aparición no era tan grande, pero sí impactante, tanto que se quedó grabada en la imagen del público, aunque suene pretencioso de mi parte. Pero mi trabajo me costó”.

 

Si le dieran a elegir una sola película de las que filmó en esa década, ¿con cuál se quedaría?

Con ‘La Choca’, sin duda alguna”.

 

Pilar Pellicer aseguró que el cine mexicano de hoy día “está muy bien realizado”. Para la actriz, lo que dio mayor presencia al cine del setenta fueron los apoyos estatales a nuevos realizadores, quienes cambiaron la forma de crear proyectos fílmicos.

 

El cine actual lo tenemos que vivir. El apoyo del gobierno existe, pero es poco y casi no hay productores, lo cual provoca que no haya una industria formal. Si se quiere tener una buena manufactura se tiene que hacer un cine variado, de muchos géneros, porque el público es heterogéneo. Para que haya una industria que atraviese fronteras se tienen que hacer películas de calidad.

 

Creo que por eso salieron tantos jóvenes en el setenta, que ahora ya no lo son, pero siguen siendo diferentes. Es periodo abrió los caminos para nuevas formas de hacer cine, porque la década anterior estaba en plena debacle”.

 

LA REBELDE DE LA FAMILIA

Pilar Pellicer también protagonizó cintas de luchadores en las que aparecieron El Santo y Blue Demon, específicamente El mundo de los muertos (México, 1970; Gilberto Martínez Solares).

“¡Claro! Y estoy orgullosísima de ello. Acababa de hacer ‘Pedro Páramo’ y venía de un mundo intelectual, de artistas, de pintores, de escritores. Así era en Europa.

 

Cuando me llaman para hacer el papel, ya estando en el rodaje unos periodistas me preguntaron frente a ‘El Santo’, que era un señor divino, educado y precioso, que cómo era que yo formara parte de un proyecto como ese. Les dije: ‘miren señores, ‘El Santo’ me parece un fantástico luchador y me siento orgullosa de trabajar con él’, y ahí le pararon. Ese papel era doble, era como una niña de la Narvarte y también era la bruja.

 

El director era Gilberto Martínez Solares, un señor tipo aristócrata, y su hermano era el fotógrafo Raúl Martínez Solares. Eran de esas gentes que fueron creando la industria.

 

En la película me sacaban desnuda, con los pechos al aire. Pero yo me veía espantosa con ese traje de bruja. Ese día, cuando me vi en el espejo me creía horrible. Ahora que la he vuelto a ver me dije: ‘me veo muy guapa’. Cuando una es joven siempre se quiere ver como una muñequita”.

 

En esa época se hacia la versión con blusa y sin blusa, ¿verdad?

Así es. La segunda versión era para el mundo árabe”.

 

¿Cómo era el cine de ciencia ficción en la industria mexicana?

Maravilloso. Todos eran fanáticos de ‘El Santo’ y de ‘Blue Demon’. Lograr ese mundo de ciencia ficción, que era falso por completo, era muy difícil”.

 

¿Cómo era un día de rodaje en este tipo de películas?

Empezaré diciéndole que a ‘El Santo’ nunca le vi la cara, sólo la boca; y por la boca le puedo decir que su hijo se parece a él. ‘El Santo’ era extraordinario; cuando corría se veía muy pesado, no era como un corredor. Era muy corpulento, pero tenía el físico de los luchadores de la época, muy robusto”.

 

Por la manera en que ha desarrollado su carrera, no cabe duda que usted era la rebelde de la familia; ¿Cómo era la convivencia entre el mundo de la farándula y el cultural?

Primero yo abordé este mundo queriendo bailar. Mi papá era un hombre abierto, pero conservador. Sus hijas podían hacer muchas cosas, pero con el destino de casarse. Eso era lo que él pensaba. Entonces me voy a Europa y regreso casada, con una hija. Eso ya era bastante independiente y mi desnudo en ‘La Choca’ causó una catástrofe, pero después lo entendieron, aunque mi papi nunca lo vio. No sé qué le hubiera parecido, pero sí hubo una confrontación”.

Entrevista realizada el 27 de julio de 2011

Fotografía: Esaú Ponce

El presente texto forma parte del libro Cine Mexicano del 70: La Década Prodigiosa; de Fabián de la Cruz Polanco. 2015; México. SamSara Editores.

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