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Bong Joon-ho habló sobre Parasitos y la brecha social entre pobres y ricos

enero 3, 2020

Irene Crespo.-

¿A qué huelen los ricos? ¿A qué huelen los pobres? Nadie reconoce su propio olor, pero sí el ajeno. El sentido del olfato, el cual no podemos sentir desde la butaca del cine, emerge como una clave de tensión y misterio en la última película del cineasta surcoreano Bong Joon-ho, Parásitos, Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes. Con algo tan sencillo como el olor, el director de Memories of Murder u Okja sigue ejercitándose en el cine comprometido y de género y continúa examinando la insondable lucha de clases.

 

El recurso del olor encajaba en ‘Parásitos’ porque el olor no es algo de lo que hablas en tu vida diaria; es algo muy íntimo y que sólo puedes sentir cuando estás muy cerca de alguien”, nos explicó en La Croisette de Cannes tras el éxito del estreno. Los pobres van en transporte público, los ricos en sus coches privados. Y esos aromas permanecen. “Ricos y pobres toman caminos muy diferentes a diario, las cabinas en los aviones están separadas, como las del tren de ‘Rompenieves’ [película también del director, de 2013]; van a restaurantes y lugares muy diferentes. Y sólo en situaciones como las que se dan en esta película, situaciones en las que los pobres son contratados para trabajar en las casas de los ricos, unos y otros están tan cerca que pueden olerse mutuamente”.

 

En Parásitos están los ricos muy ricos y los pobres muy pobres. Bong Joon-ho presenta primero a estos últimos, una familia (padres, hijo e hija) que vive en un semisótano de Seúl, en una casa diminuta en la que la señal del wifi del vecino sólo llega cuando se encaraman al WC. Serán pobres como ratas, pero son más listos que el hambre. El hijo consigue un trabajo como tutor de inglés en casa de una familia rica muy rica, la otra familia (padres, hija e hijo, más pequeños). Falsifica sus títulos y poco a poco va metiendo en el servicio a su hermana, a su madre y a su padre (interpretado por Song Kang-ho, habitual del director). Tienen que cometer todo tipo de delitos, fingen que no son familia. Aspiran a un futuro como el que tienen los pudientes. Puede que huelan a metro, a col rancia, pero no son ellos los parásitos; o sí. Mr. Bong lo explica: “A primera vista, parece que es una sátira sobre esta familia pobre; ellos son los parásitos, pero ésa es una analogía peligrosa. Si lo piensas, la familia pobre está empujada a esta situación parásita; si les miras de cerca, son gente con mucho talento. Es la falta de empleo la que les empuja a estas situaciones. También podrías decir que los ricos son parásitos, ya que son ellos los que meten a la familia pobre en su casa porque no pueden hacer nada por ellos mismos; tienen que confiar en otros para todo: lavar los platos, conducir…”.

 

TERROR DE CLASES

Después de dos películas en inglés –y en Hollywood–, con Parásitos no regresa a casa exactamente, ya que nunca se fue del todo, pero sí vuelve al tamaño de cine donde se siente más cómodo, según admite: el de Mother (2009) o Memories of Murder (2003). El surcoreano empezó a desarrollar la idea de Parásitos en 2013 mientras rodaba Rompenieves, en la que también habla de lucha de clases. “La polarización de la economía ya estaba igual de marcada”, nos cuenta. Aunque sus películas –especialmente tras The Host (2006)– hayan atraído al gran público por su puzle de géneros, del terror a la comedia muy negra, Bong Joon-ho nunca se ha apartado del compromiso por el que empezó a escribir y dirigir: encontrar una forma sutil, pero firme, de denuncia.

 

Si en Okja su objetivo eran las grandes corporaciones, en Parásitos hay muchos otros mensajes. Desde la tensión entre Corea del Norte y del Sur (que, sin ‘spoiler’, plasmó en los planos de la casa de ricos que él mismo diseñó a imagen y semejanza de las exigencias de la tensión visual) a la crítica al feroz desempleo, pasando por ese universo olfativo que nos separa silenciosamente. “Por supuesto que creo que puede haber entendimiento y comunicación entre las diferentes clases, pero también opino que es muy posible que las cosas acaben mal”, razona Bong, quien se muestra optimista de que se pueda dar cierta permeabilidad entre estratos sociales, ya que él la experimentó en su día. “Cuando trabajaba como asistente de director, vivía en una casa más pequeña que la de la familia pobre; ahora he mejoradoaunque no tanto como estos ricos”, dice mientras ríe. De hecho, el cineasta, que sólo habla en coreano, se ríe tanto que muestra involuntariamente cómo y por qué acaba encontrando humor en todos sus dramas.

 

Y desde su conciencia social arrastra el terror a su narración. “Creo que todos somos conscientes del salto entre pobres y ricos; es una realidad muy triste y da miedo, pero lo que da más miedo es que esto no se resolverá en el futuro, que la generación de nuestros hijos no será testigo de cambio alguno. Ese miedo es la última emoción de esta película. Cuando el hijo pobre dice que comprará la otra casa, nosotros como audiencia lo dudamos, no pensamos que sea posible, nos sentimos tristes. Ésta era la principal emoción que quería trasladar”.

 

Todos seguiremos oliendo a pobres… o a ricos.

Entrevista publicada originalmente en el número 258 de GQ España.

Fuente: revistagq.com

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