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Amo el cine, amo la cámara: Ana Ofelia Murguía

junio 11, 2020

Fabián Polanco | @fabiancpolanco

Considerada por la crítica y la prensa como una de las mejores actrices de México, poseedora de una gran capacidad interpretativa, Ana Ofelia Murguía tuvo en la década del setenta uno de los mejores momentos de su carrera, a pesar de haberla iniciado años atrás en 1963, y en la cual pudo trabajar con tres de los directores más polémicos gracias a sus películas: Felipe Cazals, Jaime Humberto Hermosillo y Arturo Ripstein.

 

La entrevista la dividimos en dos partes, una llevada a cabo en una conocida café-librería al sur de la Ciudad de México, y la otra en su domicilio.

 

Yo pienso que todo lo ocurrido en la industria del cine en la década del setenta fue un cambio drástico. En primera se acabó el cine de estrellas, el estrellato. Creo que antes se hacían argumentos en función de las estrellas, para que se luciera.

 

Y de pronto dejaron entrar a cineastas nuevos; ya los argumentos eran creíbles, historias independientemente de quién las iba a actuar. Estoy hablando de los actores, además de que los realizadores empezaron a tocar temas que les interesaban, de lo que querían hablar. Empezaron a llamar a actores de teatro, porque los personajes eran de carne y hueso y ya necesitaban intérpretes que representaran el papel”.

 

Usted inició su carrera en 1963. ¿Qué quería expresar a través de sus actuaciones y de los proyectos que elegía en el setenta?

Soy una actriz, una actriz de teatro y me encanta jugar en papeles que me interesan, que pueda vivir un trozo de vida de alguien que es interesante para bien o para mal. A mí como actriz me interesa eso, me interesa actuar.

 

La primera cosa que hice en cine fue en Cuba. Estaba en el Conjunto Dramático Nacional de Cuba, el director hizo una película y me llamó para un papel chiquitito; me encantó y me quedé picada. Me encantó el cine. Pero nunca pensé que iba a hacer cine en mi país, porque era cine de estrellas. Entonces llegué al teatro y me acerqué a ese medio, y a la radio.

 

Pero de pronto conocí a Pepe Estrada, en Radio UNAM; y en teatro a Alfonso Arau, que también estuvo en Cuba. Cuando hizo ‘El águila descalza’ (México, 1971) me invitó a participar en ella con un montón de actores más. Éramos viles extras, pero como estábamos en la ANDA fue muy inteligente de parte de Arau, pues no es lo mismo que pase un extra como bulto, a que pase un actor, porque estamos jugando, hay vida cuando pasa un intérprete.

 

En ‘Pax’ (México, 1968; Wolf Rilla), mi primera película sufrí mucho, porque usaba un casco de astronauta. A Juan Ibáñez lo conocí en el grupo ‘Poesía en voz alta’, en donde me llamaron para hacer un papel de maestra, pero luego me preguntaron si quería hacer un bit de astronauta. Dije que sí y casi me asfixio. Fue horrible. Así fue como empecé en el cine”.

 

¿Qué recuerdos tiene de El apando (México, 1975; Felipe Cazals)?

Para mí fue una película muy importante y tremenda. Fue la cinta más desagradable y más difícil que he hecho a pesar de que tengo una participación chiquita, con una escena muy delicada para mí. María Rojo y yo ya éramos amigas. Era el primer desnudo de Mari y yo le tenía que meter mano. El uniforme de la policía se supone que venía de la tintorería, pero estaba pegajoso. Todo fue muy feo”.

 

CON FELIPE EL RIDÍCULO NO LO VAS A HACER

En 1977 recibe una nominación al Ariel por Las Poquianchis (México, 1976), cinta en la que se reencuentra con Felipe Cazals.

Desde que hicimos ‘El apando’ nos entendemos muy bien. Me encanta trabajar con Felipe porque tiene un ojo, siempre está cuidándote y por lo menos el ridículo con él no lo vas a hacer, pues te va a estar vigilando, observando. De ahí me llamó para ‘Las Poquianchis’, para la que por cierto quería que engordara veinte kilos, pero le dije no. No hice dieta ni nada, sólo hice la película”.

 

¿Al abordar un tema ocurrido en la vida real, tuvieron algún tipo de orientación?

Sí. Tengo la grabación que me prestaron, todavía en carrete, de mi personaje, hecha en la cárcel para que yo escuchara el tonito de su voz, pues era de Jalisco. Nunca lo devolví y ahí la tengo. Era tremenda, una señora bien ‘tramposona’ fingía demencia y decía que no tenía nada que ver con sus hermanas”.

 

Por favor, comente su experiencia al trabajar por primera vez con Jaime Humberto Hermosillo.

Gracias a ‘Naufragio’ (México, 1978; Jaime Humberto Hermosillo), la primera película que hago con él, gano mi primer Ariel. Jaime Humberto es una gente muy tranquila, lo contrario a Felipe Cazals. Es muy tranquilito, con él todo toma un ambiente muy rico. En esa película, que además me encantó, mi personaje era bien importante. María Rojo estuvo muele y muele para que Jaime me llamara. Fue un trabajo bien rico; nos ayudó mucho.

 

La escenografía era una copia exacta de un departamento de Tlatelolco, en el que se levantaban las paredes para que la cámara fluyera y se sintiera ese ambiente en la habitación. En la escena más importante, cuando la madre aceptaba que su hijo hubiera muerto y se derrumba, ya no puede caminar y se va al hospital; Jaime Humberto se impuso en la producción y nos filmó en secuencia las escenas para no perder el hilo. Fue bien importante y bueno, nos ganamos el primer Ariel”.

 

¿Cómo se da su llegada a La viuda negra (México, 1977; Arturo Ripstein)?

En esa película fue en donde conocí a Arturo Ripstein. Yo entré porque Felipe Cazals la iba dirigir, él fue quien me llamó. Yo acepté sin leer el guión; con Felipe a donde quiera. Firmé el contrato y todo, pero cuando leí el argumento me chocó y me pareció horrenda. Felipe al fin no la dirigió porque le iba a hacer muchos cambios y se opusieron, entonces Ripstein la tomó y yo me quedé ahí de paquete. Con Arturo me llevé muy bien, y creo que eso influyó para que me llamara a participar en ‘Cadena perpetua’ (México, 1978)”.

 

¿Qué le pareció ese proyecto?

Es una película interesante. Creo que Arturo Ripstein es un buen cineasta y le sorprendió que me ganara el Ariel, porque hice casi nada. Es más, me dieron el premio y ni siquiera me invitaron. En ese tiempo estaba haciendo ‘Medea’ en teatro, entonces fue Jaime Humberto Hermosillo a recibirlo a mi nombre y después me lo llevó al teatro, fue bien bonito. Ahí sí me hicieron bola y todavía no terminaba la función”.

 

En ese momento era muy común compaginar los trabajos de cine con los de teatro, incluso con los de televisión, ¿verdad?

Sí, pero ahora casi ya no es así. El cine se hace de vez en cuando. En el teatro se ensaya tres meses para hacer temporada sólo de uno, y ahí rara es la vez que te pagan ensayos; sólo en Bellas Artes lo hacen. Los actores se tienen que hacer pedazos y tienen que ir de un lugar a otro, hacer doblaje, grabaciones y lo que caiga para poder vivir.

 

Está bien difícil. Hay cantidad de compañeros que no tienen chamba, a pesar de que hay un movimiento teatral impresionante. Hay muchas puestas en escena de todos sabores y colores, pero el público va menos. Supongo que es gracias a la televisión y al video, además de la carestía de la vida y la inseguridad”.

 

En México no hay una constancia para los realizadores. ¿Cuáles fueron las influencias que dejó el cine de la década del setenta en el actual?

Yo pienso que se abrieron las escuelas de cine dando cineastas grandes, gente más formada. Hubo más oportunidad para que los jóvenes expresaran lo que traían en la cabeza, en el corazón, lo que les preocupa y lo que les gusta”.

 

¿Le gusta el cine que se hace hoy día en nuestro país?

Sí, yo creo que sí, hay de todo. El problema que yo he visto siempre y que me parece doloroso, es que no haya una constancia para los realizadores. No puede verse cine en secuencia y yo lo siento como actriz. Me gustaría probar mis posibilidades, desarrollarme más y no se puede. Pero en el cine es horrible, porque para levantar un proyecto se necesitan años, antesalas, disgustos, sinsabores y después, para colmo, la hacen y guardan la lata, y a ver cuándo se exhibe”.

 

Haciendo un recuento de su carrera, ¿qué es lo que le quitaría o cambiaría?

Cambiaría la prisa, porque hay veces que para una producción se necesitaría más tiempo y no se puede. Y bueno, pues pediría más apoyo para el cine, porque todos trabajamos para comunicar y es bastante triste que a veces nadie lo ve. Sobretodo cambiaría el apoyo a la cultura en general, a la educación.

 

Esta carrera es de pasión y la gente que está en ella es muy necia; ve cómo le hace para sacar su proyecto adelante”.

 

¿Cómo resumiría Ana Ofelia Murguía todos los años de trayectoria?

Me encanta mi carrera. Desde la primera vez que hice cine me quedé picada. Amo el cine, amo la cámara y no cambio nada; me encanta. He trabajado, la mayoría de las veces, en cosas que me interesan, con gente que sabe”.

Fotografía: Esaú Ponce

El presente texto forma parte del libro Cine Mexicano del 70: La Década Prodigiosa; de Fabián de la Cruz Polanco. 2015; México. SamSara Editores.

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