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Akelarre, una historia feminista sobre la brujería, llegará a streaming

octubre 17, 2020

Juan Manuel Ramírez | @juanm_ramirez9

En estas fechas, es muy común leer (o ver) listas interminables de películas de terror protagonizadas por vampiros, hombres lobo, fantasmas, monstruos, asesinos seriales, casas embrujadas, sectas y brujas. Estas últimas, durante mucho tiempo, han sido el objeto de observación para brindarnos filmes que han cautivado al público. La mayoría de las historias no logran desprenderse de los clichés. Akelarre, del cineasta Pablo Agüero, sí lo logra.

 

País Vasco, 1609. Los hombres de la región se han ido a la mar. Ana participa en una  fiesta en el bosque con otras chicas de la aldea. El juez Rostegui, encomendado por el Rey para purificar la región, las arresta y acusa de brujería. Decide hacer lo necesario para que confiesen lo que saben sobre el akelarre, ceremonia mágica durante la cual supuestamente el Diablo inicia a sus servidoras y se aparea con ellas.

 

Basado libremente en el libro Tratado de brujería vasca: descripción de la inconstancia de los malos ángeles y demonios, del inquisidor Pierre Lacre, Agüero, quien coescribió el guion junto a Katell Guillou, narra de manera extraordinaria la historia de 4 jóvenes que, arbitrariamente, son acusadas de brujería. Una vez apresadas, son trasladadas a un calabozo, dónde el juez Rosteguy De Lancre intentará que confiesen todo lo que saben del Sabbat.

 

Es justamente aquí, donde la cinta se desmarca de otras. El grupo de jóvenes, conformado por Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain, Jone Laspiur, Lorea Ibarra y Yune Nogueiras, demuestran la sororidad que existe entre ellas, la resiliencia y los lazos de amistad que se fortalecen conforme avanza la historia.

 

El filme critica (y ridiculiza) la ignorancia del hombre, así como del fanatismo religioso, ambas situaciones reflejadas en una simple frase: “No hay nada más peligroso que una mujer que baila”. El grupo de mujeres no piensa perder su dignidad ante la ignorancia, y, a pesar de las múltiples torturas, ninguna cede. Al contrario, deciden emprender una lucha por mantenerse vivas. Nunca pierden la esperanza.

 

Es así como, una vez conscientes de que no pueden cambiar la opinión de los representantes de la corona, deciden seguirles el juego. Pero eso sí, bajo sus propias reglas.  A partir de este punto, ellas toman control de la situación. Juguetean, ríen, platican e inclusive se toman el tiempo para burlarse de los estereotipos (que el cine mismo) les ha dado a las brujas.

 

Jamás dejan que les arrebaten su identidad, lo que son y lo que representan. No temen hablar sobre el diablo, sobre la muerte y su sexualidad, la cual, usan para hipnotizar al juez, quien representa, con gran fidelidad, al machismo y patriarcado que predominaba en aquellas épocas (y aún en estos tiempos). No se arrodillarán ante un sistema que las prefiere muertas antes que libres.

 

En los últimos 20 minutos de la película, el ritmo crece de manera frenética gracias a la edición, la cuál esta a cargo de Teresa Font. Y es aquí donde encontramos uno de los momentos cumbre de la cinta. Frente a una fogata, comienzan a cantar en euskera. Aquí podemos palpar la gran complicidad y hermandad que hay entre ellas.

 

Están decididas a imponer su autoridad y voluntad. Y aunque su sentencia está dictada, ellas determinarán su destino.

 

Tiene un estreno previsto en salas argentinas, en las localidades que esté disponible asistir. A nivel mundial, Netflix tendrá los derechos de distribución. La fecha de estreno en la plataforma de streaming está por confirmarse.

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